El último hombre
El último hombre Pero debía entregarme a otra tarea. Volví a visitar la detestada playa, volví a otear en vano el horizonte, volví a gritar unos nombres a los que nadie respondió, con una voz que era la única que ya rasgaría el aire mudo con sílabas humanas.
¡Qué ser desconsolado, infeliz y digno de compasión era yo! Mi aspecto y mi atuendo revelaban la historia de mi desolación. El pelo enredado y sucio, los miembros manchados de salitre. Cuando me arrojé al mar, durante el naufragio, me despojé de todas las ropas que me dificultaban el avance, y la lluvia empapaba las finas telas veraniegas que ahora me cubrían. Iba descalzo, los juncos y las conchas rotas se me clavaban en los pies mientras iba de un lado a otro, ahora acercándome a una roca lejana que, rodeada por la arena, adoptaba transitoriamente una apariencia engañosa, luego reprochando al mar asesino su crueldad ilimitada con los ojos encendidos.