El último hombre
El último hombre Durante un momento me comparé a ese monarca de la desolación, Robinson Crusoe. Los dos habíamos sido arrojados a la soledad; él en las costas de una isla desierta, yo en las de un mundo despoblado. Yo era rico en los llamados bienes de la vida. Si me alejaba de aquel escenario inmediato, más desértico, y dirigía mis pasos a cualquiera de las muchísimas ciudades que llenaban la tierra, podía apoderarme de sus riquezas, almacenadas para mi comodidad: ropas, alimentos, libros y moradas dignas de los príncipes de otros tiempos. Podía elegir el clima que mejor me conviniera, mientras que él se veía obligado a esforzarse para cubrir sus necesidades básicas y vivía en una isla tropical, contra cuyos calores y tormentas apenas lograba guarecerse. Viendo así las cosas, ¿quién no habría preferido los placeres sibaríticos que yo podía procurarme, la holganza filosófica, los amplios recursos intelectuales, a su vida de trabajos y peligros? Y sin embargo Robinson Crusoe era mucho más feliz que yo, pues él mantenía la esperanza, y no esperaba en vano: el barco salvador llegó al fin para llevarlo de vuelta a sus paisanos, a sus iguales, allí donde los pormenores de su soledad se convirtieron en relato que contar al calor del hogar. Yo, en cambio, no podría contar jamás a nadie la historia de mi adversidad. Para mí no existía la esperanza. Él sabía que al otro lado del mar que rodeaba su isla solitaria vivían miles de personas a quienes alumbraba el mismo sol que lo alumbraba a él. Bajo el sol del meridiano, bajo la luna cambiante, yo era el único ser de rasgos humanos. Sólo yo podía articular pensamientos, y cuando dormía, ni el día ni la noche eran contemplados por nadie. Él había escapado de sus compañeros y contempló con temor la aparición de una huella humana. Yo me hubiera arrodillado para verla mejor y la hubiera venerado. El cruel y salvaje caribe, el despiadado caníbal o, peor que ellos, el tosco, bruto y entregado practicante de los vicios de la civilización me habrían parecido compañeros ideales, tesoros preciados, pues su naturaleza sería igual a la mía, su forma habría sido forjada en el mismo molde; sangre humana correría por sus venas y una simpatía mutua nos uniría para siempre. Es imposible que no haya de contemplar nunca más a otro ser humano. ¡Nunca! ¡Nunca! Por más años que transcurran. ¿Despertaré y no hablaré con nadie? ¿Pasarán interminables las horas y mi alma aislada en el mundo será un punto solitario rodeado de vacío? ¿Un día sucederá a otro día de ese modo? ¡No! ¡No! Un Dios gobierna el mundo, la providencia no ha cambiado su cetro de oro por el aguijón de un áspid. ¡Lejos! ¡Lejos de esta tumba marina, partiré de este rincón desolado, cerrado a todo acceso por su propia desolación! Caminaré de nuevo por las calles empedradas, cruzaré los umbrales de las moradas de los hombres y esta idea me parecerá sin duda una horrible visión, un sueño demencial pero evanescente.