El último hombre

El último hombre

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Llegué a Ravena (la ciudad más próxima a la playa a la que había sido arrojado por el mar) antes de que el segundo sol se hubiera puesto sobre el mundo vacío. Vi muchas criaturas vivientes: bueyes, caballos, perros, pero a ningún hombre entre ellas. Entré en una casa. Estaba deshabitada. Subí la escalinata de mármol de un palacio y hallé a los murciélagos y los búhos habitando en sus cortinajes. Avanzaba sin hacer ruido para no despertar a la ciudad dormida. Regañé a un perro que con sus ladridos alteraba la paz sagrada. No creía que todo era lo que parecía: el mundo no estaba muerto, era yo, que había enloquecido. Estaba ciego y sordo y había perdido el sentido del tacto. Actuaba bajo los efectos de un encantamiento que me permitía contemplar todas las visiones de la tierra excepto a sus habitantes humanos, que no obstante seguían con sus acciones cotidianas. Todas las casas tenían dueño, pero yo no los veía. Si hubiera podido persuadirme de algo así, me habrá sentido mucho más conformado. Pero mi cerebro, tenaz en sus razonamientos, se negaba a entregarse a tales imaginaciones, y aunque trataba de representarme a mí mismo esa farsa, sabía que yo, vástago del hombre, durante muchos años uno más entre muchos, me había convertido en el único superviviente de mi especie. El sol se ocultaba tras las colinas de poniente. No había probado alimento desde la noche anterior, pero aunque débil y cansado despreciaba la comida y seguía caminando por las calles solitarias porque todavía quedaba algo de luz. La noche llegó y unió a todas las criaturas vivientes, menos a mí, con otras de su especie. El único alivio a mi agonía lo hallaba en el sacrificio: de los mil lechos disponibles, no escogí el lujo de ninguno de ellos y me eché en el suelo; un frío peldaño de mármol me sirvió de almohada. Llegó la medianoche y sólo entonces mis fatigados párpados, al cerrarse, me privaron de la visión de las estrellas titilantes y de su reflejo en el pavimento. Así pasé la segunda noche de mi desolación.


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