El último hombre
El último hombre Desperté por la mañana, cuando en los pisos más altos de las casas nobles las ventanas recibían los primeros rayos del sol. Los pájaros cantaban apoyados en alféizares y dinteles. Desperté, y mi primer pensamiento fue: «Adrian y Clara están muertos». Ya no me darán los buenos días ni pasaré la larga jornada en su compañía. Jamás volveré a verlos. El mar me los ha robado, les ha arrancado del pecho los corazones amorosos y ha entregado a la corrupción aquello que yo adoraba más que la luz, la vida, la esperanza.
Yo era un muchacho, un pastor analfabeto cuando Adrian se dignó a concederme su amistad. Los mejores años de mi vida los pasé junto a él. Todo lo que poseí de los bienes del mundo, de la felicidad, del conocimiento y la virtud, se lo debía a él. Con su persona, su inteligencia y sus cualidades únicas había proporcionado gloria a mi existencia, una gloria que sin él jamás habría conocido. Más que nadie, él me enseñó que la bondad, pura y simple, puede ser un atributo del hombre. Los ángeles deberían haberse congregado para contemplarlo guiar, gobernar y consolar durante los últimos días de la raza humana.
