El último hombre

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CAPÍTULO X

Desperté por la mañana, cuando en los pisos más altos de las casas nobles las ventanas recibían los primeros rayos del sol. Los pájaros cantaban apoyados en alféizares y dinteles. Desperté, y mi primer pensamiento fue: «Adrian y Clara están muertos». Ya no me darán los buenos días ni pasaré la larga jornada en su compañía. Jamás volveré a verlos. El mar me los ha robado, les ha arrancado del pecho los corazones amorosos y ha entregado a la corrupción aquello que yo adoraba más que la luz, la vida, la esperanza.

Yo era un muchacho, un pastor analfabeto cuando Adrian se dignó a concederme su amistad. Los mejores años de mi vida los pasé junto a él. Todo lo que poseí de los bienes del mundo, de la felicidad, del conocimiento y la virtud, se lo debía a él. Con su persona, su inteligencia y sus cualidades únicas había proporcionado gloria a mi existencia, una gloria que sin él jamás habría conocido. Más que nadie, él me enseñó que la bondad, pura y simple, puede ser un atributo del hombre. Los ángeles deberían haberse congregado para contemplarlo guiar, gobernar y consolar durante los últimos días de la raza humana.


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