Frankenstein

Frankenstein

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Admiraba la tormenta, tan hermosa y a un tiempo terrible, mientras caminaba con paso ligero. Esta noble lucha de los cielos elevaba mi espíritu. Junté las manos y exclamé: «William, mi querido hermano. Este es tu funeral, ésta tu endecha». Apenas había pronunciado estas palabras cuando divisé en la oscuridad una figura que emergía subrepticiamente de un bosquecillo cercano. Me quedé inmóvil, mirándola fijamente: no había duda. Un relámpago la iluminó y me descubrió sus rasgos con claridad. La gigantesca estatura y su aspecto deformado, más horrendo que nada de lo que existe en la humanidad, me demostraron de inmediato que era el engendro, el repulsivo demonio[53] al que había dotado de vida. ¿Qué hacía allí? ¿Sería acaso —me estremecía sólo de pensarlo— el asesino de mi hermano? No bien me hube formulado la pregunta cuando llegó la respuesta con claridad; los dientes me castañetearon, y me tuve que apoyar en un árbol para no caerme. La figura pasó velozmente por delante de mí y se perdió en la oscuridad. Nada con la forma de un humano hubiera podido dañar a un niño. Él era el asesino, no había duda. La sola ocurrencia de la idea era prueba irrefutable. Pensé en perseguir a aquel demonio, pero hubiera sido en vano, pues el siguiente relámpago me lo descubrió trepando por las rocas de la abrupta ladera del monte Saléve, el monte que limita a Plainpalais por el sur. Rápidamente escaló la cima y desapareció.


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