Frankenstein
Frankenstein ParecÃa una historia de extrañas coincidencias, pero no logró convencerme.
—Estáis todos equivocados —le contesté seriamente—. Yo sé quién es el asesino. Justine, la pobre Justine, es inocente.
En aquel instante entró mi padre. Advertà cómo la tristeza habÃa hecho mella en su semblante; pese a todo, trató de recibirme con alegrÃa, y, tras intercambiar nuestro apenado saludo, hubiera iniciado otro tema de conversación que no fuera el de nuestra desgracia, de no ser porque Ernest exclamó:
—¡Dios mÃo, padre! VÃctor dice saber quién asesinó a William.
—Por desgracia, nosotros también —respondió mi padre—. Hubiera preferido ignorarlo para siempre, antes que descubrir tanta maldad e ingratitud en alguien a quien apreciaba tanto.
—Querido padre, estáis equivocados; Justine es inocente.
—Si es asÃ, no permita Dios que se la acuse. Hoy la juzgarán, y espero de todo corazón que la absuelvan.