Frankenstein
Frankenstein —No entiendo lo que quieres decir pero a todos nos dolió el descubrirlo. Al principio nadie se lo podÃa creer, e incluso ahora, a pesar de las pruebas, Elizabeth se niega a admitirlo. Es verdaderamente increÃble que Justine Moritz, tan dulce y tan encariñada como parecÃa con todos nosotros, haya podido, de pronto, hacer algo tan horrible.
—¡Justine Moritz! Pobrecilla, ¿la acusan a ella? Están equivocados, es evidente. No se lo creerá nadie, ¿no, Ernest?
—Al principio no; pero hay varios detalles que nos han forzado a aceptar los hechos. Su propio comportamiento es tan desconcertante, que añade a las pruebas un peso que temo no deja lugar a duda. Hoy la juzgan, y podrás convencerte tú mismo.
Me contó que la mañana en que encontraron el cadáver del pobre William, Justine se puso enferma y se vio obligada a guardar cama. DÃas más tarde, una de las criadas revisó por casualidad las prendas que Justine llevaba el dÃa del crimen y encontró en un bolsillo la miniatura de mi madre, que se suponÃa fue el móvil del asesinato. Se lo enseñó al instante a otra sirvienta, la cual, sin decirnos ni una palabra, se fue a un magistrado. A consecuencia de la declaración de la criada, Justine fue detenida. Al acusársela del crimen, la pobrecilla confirmó las sospechas, en gran medida con su total confusión y aturdimiento.