Frankenstein

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—¡Ay! —dijo—, ¿cómo podré volver a creer en la bondad humana? ¿Cómo habrá podido Justine, a quien yo quería como a una hermana, sonreírnos con aquella inocencia y después traicionarnos así? Sus dulces ojos parecían asegurar que era incapaz de aspereza o mal humor, y sin embargo ha cometido un asesinato. Al poco tiempo, nos comunicaron que la pobre víctima había manifestado el deseo de ver a mi prima. Mi padre no quería que fuese, pero dejó la decisión al criterio de Elizabeth.

—Sí iré —dijo Elizabeth—. Aunque sea culpable. Acompáñame tú, Víctor. No quiero ir sola.

La sola idea de esta visita me atormentaba, pero no podía negarme.

Entramos en la celda desoladora, al fondo de la cual estaba Justine, sentada sobre un montón de paja. Tenía las manos encadenadas y apoyaba la cabeza en las rodillas. Al vernos entrarse levantó, y cuando estuvimos a solas, se echó llorando a los pies de Elizabeth, que también comenzó a sollozar.

—Justine —dijo—, ¿por qué me has arrebatado mi último consuelo? Confiaba en tu inocencia y, aunque me sentía muy desgraciada, no estaba tan triste como ahora.

—¿Usted también me cree tan perversa? ¿Se une a mis enemigos para condenarme? —Justine se ahogaba por el llanto.


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