Frankenstein
Frankenstein —Levántate, pobre amiga mÃa —dijo Elizabeth. ¿Por qué te arrodillas, si eres inocente? No soy uno de tus enemigos. Te creÃa inocente hasta que supe que tú misma habÃas confesado tu culpabilidad. Ahora me dices que eso es falso. Ten la seguridad, Justine querida, de qué nada, salvo tu propia confesión, puede quebrar mi confianza en ti.
—Es cierto que confesé, pero confesé una mentira, para poder obtener la absolución. Y ahora esa mentira pesa más sobre mi conciencia que cualquier otra falta. ¡Dios me perdone! Desde el momento en que me condenaron, el confesor ha insistido y amenazado hasta que casi me ha convencido de que soy el monstruo que dicen que soy. Me amenazó con la excomunión y las llamas del infierno si persistÃa en declararme inocente. Mi querida señora, no tenÃa a nadie que me ayudara. Todos me consideran un ser despreciable abocado a la ignominia y perdición. ¿Qué otra cosa podÃa hacer? En mala hora consentà en mentir; ahora me siento más desgraciada que nunca.
El llanto la obligó a callar unos instantes.