Frankenstein
Frankenstein —Pensaba con horror —continuó— en la posibilidad de que ahora usted creerÃa que Justine, a quien su tÃa tenÃa en tanta consideración y a quien usted estimaba tanto, era capaz de cometer un crimen que ni siquiera el demonio ha osado perpetrar. ¡Mi querido William!, ¡Mi querido pequeño! Pronto me reuniré contigo en el cielo, donde seremos felices. Ese es mi consuelo, en mi camino hacia la muerte y la difamación.
—¡Justine! Perdóname si he dudado de ti un instante. ¿Por qué confesaste? Pero no te atormentes, querida mÃa; proclamaré tu inocencia por doquier y les obligaré a creerte. Sin embargo, has de morir; tú, mi compañera de juegos, mi amiga, más que una hermana para mÃ. No sobreviviré a tan tremenda desgracia.
—Dulce Elizabeth. Seque sus lágrimas. DeberÃa animarme con pensamientos sobre una vida mejor, y hacerme pasar por encima de las pequeñeces de este mundo injusto y agresivo. No sea usted, mi querida amiga, la que me induzca a la desesperación.