Frankenstein
Frankenstein Tengo, empero, un deseo aún por satisfacer y este vacÃo me acucia ahora de manera terrible. No tengo amigo alguno, Margaret; cuando arda con el entusiasmo del éxito, no habrá nadie que comparta mi alegrÃa; si soy vÃctima del desaliento, nadie se esforzará por disipar mi desánimo. Podré plasmar mis pensamientos en el papel, cierto, pero es un pobre medio para comunicar los sentimientos. Añoro la compañÃa de un hombre que pudiera compenetrarse conmigo, cuya mirada respondiera a la mÃa. Me puedes tachar de romántico, querida hermana, pero echo muy en falta a un amigo. No tengo a nadie cerca que sea tranquilo a la vez que valeroso, culto y capaz, cuyos gustos se parezcan a los mÃos, que pueda aprobar o corregir mis proyectos. ¡Qué bien enmendarÃa un amigo asà los fallos de tu pobre hermano! Soy demasiado impulsivo en la ejecución y demasiado impaciente con los obstáculos. Pero aún me resulta más nocivo el hecho de haberme autoeducado. Durante los primeros catorce años de mi vida corrà por los campos como un salvaje, y no leà nada salvo los libros de viajes de nuestro tÃo Thomas. A esa edad empecé a familiarizarme con los renombrados poetas de nuestra patria. Pero no vi la necesidad de aprender otras lenguas que la mÃa hasta que no estaba en mi poder el sacar los máximos beneficios de esta convicción. Tengo ahora veintiocho años, y en realidad soy más inculto que muchos colegiales de quince. Es cierto que he reflexionado más, y que mis sueños son más ambiciosos y magnÃficos, pero carecen de equilibrio (como dicen los pintores). Me hace mucha falta un amigo que tuviera el suficiente sentido común como para no despreciarme por romántico y que me estimara lo bastante como para intentar ordenar mi mente.