Frankenstein
Frankenstein El volumen de Las vidas paralelas de Plutarco narraba la vida de los primeros fundadores de las antiguas repúblicas, Grecia y Roma, y me produjo un efecto muy distinto del de Werther. De éste aprendí lo que era el abatimiento y la tristeza; pero Plutarco me enseñó a elevar el pensamiento, a sacarlo de la reducida esfera de mis reflexiones personales, a admirar y a querer a los héroes de la antigüedad. Mucho de lo que leía rebasaba mi experiencia y mi comprensión. Tenía un conocimiento muy confuso acerca de lo que eran los imperios, los grandes territorios, los ríos majestuosos y la inmensidad del mar. Pero respecto a ciudades y grandes agrupaciones humanas, lo ignoraba absolutamente todo. La casa de mis protectores había sido la única escuela donde pude estudiar la naturaleza humana; pero este libro me abrió horizontes desconocidos y mayores campos de acción. Por él supe de hombres dedicados a gobernar o a aniquilar a sus semejantes. Sentí que se reafirmaba en mí una tremenda admiración por la virtud y un inmenso odio por el crimen, en la medida en que entendía el alcance de esos términos, que en aquel entonces se refería tan sólo al placer y al dolor. Influido por estos sentimientos, fui, pues, aprendiendo a admirar a los estadistas pacíficos, Numa, Solón y Licurgo más que a Rómulo y Teseo[69]. La vida patriarcal de mis protectores colaboraba a que estos sentimientos arraigaran en mí. Quizá de haber venido mi presentación a la humanidad de la mano de un joven soldado ávido de batallas y gloria, mi manera de ser fuera ahora otra.