Frankenstein

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—¡No lo quiera Dios! Ni aunque fuera usted de verdad un malvado, pues eso sólo lo llevaría a la desesperación y no le instigaría a la virtud. Sepa que yo también soy desgraciado. Aunque inocentes, yo y mi familia hemos sido injustamente condenados; y, por tanto, puedo comprender muy bien cómo se siente.

—¿Cómo puedo agradecerle estas palabras? Es usted mi único y mejor bienhechor; de sus labios oigo las primeras frases amables dirigidas a mí, y jamás podré olvidarlo. Su humanidad me asegura que tendré éxito entre aquellos amigos a quienes estoy a punto de conocer.

—¿Cómo se llaman sus amigos? ¿Dónde viven?

Guardé silencio. Pensé que éste era el momento decisivo, el momento en que mi felicidad se confirmaría o se vería destruida para siempre. En vano luché por encontrar el suficiente valor para responderle, pero el esfuerzo acabó con las pocas energías que me quedaban, y sentándome en la silla comencé a sollozar. En aquel momento oí los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía un segundo que perder y cogiendo la mano del anciano grité:

—¡Ha llegado el momento! ¡Sálveme! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son los amigos que busco. No me abandonen en el momento decisivo.

—¡Dios mío! —exclamó el anciano—, ¿quién es usted?


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