Frankenstein
Frankenstein Le rogué insistentemente que me dejara partir y accedió con prontitud, pues no existÃa en el mundo padre más indulgente y menos impositivo que él. Pronto estuvieron arreglados los preparativos. Yo viajarÃa a Estrasburgo, donde me reunirÃa con Clerval. EstarÃamos una corta temporada en Holanda, pero la mayor parte del tiempo lo pasarÃamos en Inglaterra. El regreso lo harÃamos por Francia; y acordamos que el viaje durarÃa dos años.
Mi padre se consolaba con el pensamiento de que mi boda con Elizabeth tendrÃa lugar en cuanto volviera a Ginebra.
—Estos dos años pasarán muy deprisa —dijo—, y será la última demora que se interponga en el camino de tu felicidad. Espero con impaciencia la llegada del momento en que estemos todos unidos y ningún temor altere nuestra paz familiar.
—Estoy de acuerdo con tu proyecto —le contesté—. Dentro de dos años tanto Elizabeth como yo seremos más maduros, y espero que más felices de lo que ahora somos.
Suspiré; pero mi padre, delicadamente, se abstuvo de hacerme más preguntas respecto de las causas de mi pesadumbre. Esperaba que el cambio de ambiente y la distracción del viaje me devolvieran la tranquilidad.