Frankenstein
Frankenstein El ruido despertó a una anciana que dormÃa en una silla junto a mÃ. Era una enfermera contratada, esposa de uno de los cancerberos, y su rostro demostraba todos los defectos que a menudo caracterizan a esas personas. TenÃa las facciones duras y toscas como aquellos que se han acostumbrado a ver la miseria sin conmoverse. Su tono de voz denotaba una total indiferencia; me habló en inglés, y me pareció reconocerla como la que habÃa oÃdo durante mi enfermedad.
—¿Está usted mejor? —me preguntó.
—Creo que sà —le contesté débilmente en inglés—. Pero si todo esto es cierto, si no es una pesadilla, lamento volver a la vida para sufrir esta angustia y este horror.
—Si se refiere a lo del hombre que asesinó —continuó la anciana—, creo que sÃ, que más le valdrÃa haber muerto, pues no tendrán ninguna compasión con usted. Lo ahorcarán cuando lleguen las próximas sesiones. Pero eso no es asunto mÃo. Me han encargado de cuidarlo y sanarlo, y tengo la conciencia tranquila porque he cumplido con mi obligación. ¡Ojalá todos hicieran lo mismo!