Frankenstein
Frankenstein Era media noche. Mi padre dormía en el camarote, y yo estaba tumbado en la cubierta, mirando las estrellas y escuchando el batir de las olas. Bendije la oscuridad que borraba Irlanda de mi vista, y el pulso se me aceleró cuando pensé que pronto vería Ginebra. El pasado se me antojó una horrible pesadilla; pero el barco en el que navegaba, el viento que me alejaba de la odiada costa irlandesa v el mar que me rodeaba, todo servía para indicar claramente que no estaba engañado y que Clerval, mi queridísimo amigo y compañero, había caído víctima mía y del monstruo de mi creación. Hice un repaso de toda mi vida: la tranquila felicidad mientras viví en Ginebra con mi familia, la muerte de mi madre y mi partida hacia Ingolstadt; recordé los escalofríos que me recorrieron ante el alocado entusiasmo que me empujaba hacia la creación de mi horrendo enemigo, y rememoré la noche en que vivió por primera vez. No pude continuar el hilo de mis pensamientos; me oprimían mil angustias, y lloré amargamente.