Frankenstein
Frankenstein Desde que me había repuesto de la fiebre me había acostumbrado a tomar cada noche una pequeña cantidad de láudano, pues sólo con la ayuda de esta droga conseguía obtener el descanso necesario para mantenerme con vida. Torturado por el recuerdo de mis múltiples desgracias, tomé una doble dosis y pronto me dormí profundamente. Pero el sueño no me liberó de mis pensamientos ni de mi desgracia, y soñé con mil cosas que me atemorizaban. Cerca del amanecer tuve una horrible pesadilla: sentí cómo el malvado ser me oprimía la garganta; yo no me podía librar de su zarpa, y lamentos y alaridos resonaban en mi cabeza. Mi padre, que velaba mi sueño, advirtió mi inquietud y, despertándome, me señaló el puerto de Holyhead, en el cual estábamos entrando.