Frankenstein
Frankenstein Estos eran los consejos de mi padre, pero no conseguía apartar de mí el recuerdo de aquella amenaza. Tampoco es de extrañar que, omnipotente como se había mostrado aquel infame demonio en sus sanguinarias acciones, yo lo considerara casi invencible, y que, cuando pronunció las terribles palabras «Estaré a tu lado en tu noche de bodas», considerara la amenaza como inevitable. La muerte no hubiera supuesto para mi mayor desgracia, de no ser porque arrastraba la pérdida de Elizabeth y, por tanto, coincidí gozoso, incluso alegre, con mi padre en que, si mi prima aceptaba, celebraríamos la ceremonia al cabo de diez días; así creía sellar mi suerte.
¡Dios mío!; si por un instante hubiera imaginado las intenciones reales de mi diabólico adversario, hubiera preferido exiliarme para siempre de mi tierra, y errar en soledad por el mundo como un renegado, antes que consentir en tan desdichada unión. Pero, como si poseyera poderes mágicos, el monstruo me había engañado respecto de sus verdaderas intenciones; y mientras creía que estaba preparando mi propia muerte, lo que hacía era acelerar la de una víctima muchísimo más querida.