Frankenstein
Frankenstein A medida que se aproximaba la fecha de nuestra boda, no sé si debido a una falta de valor o a algún presentimiento, me sentÃa más y más deprimido. Pero ocultaba mis sentimientos bajo muestras de alborozo que llenaban de dicha el rostro de mi padre, pero apenas si conseguÃan engañar la mirada más atenta de Elizabeth. Mi prima esperaba nuestra unión con una serena alegrÃa, no exenta del temor despertado por las recientes desgracias, de que lo que ahora parecÃa una felicidad tangible pudiera desaparecer como un sueño, sin dejar más huella que un profundo y eterno pesar.
Se hicieron los preparativos para el acontecimiento; recibimos numerosas visitas que, sonrientes, nos felicitaban. Yo disimulaba cuanto podÃa la ansiedad que me corroÃa el corazón, y acepté con fingido ardor los planes de mi padre, aunque sólo fueran a servir de decorado para mi tragedia. Se nos compró una casa no lejos de Cologny[91], que, por estar cerca de Ginebra, nos permitirÃa disfrutar del campo y sin embargo visitar a mi padre cada dÃa, pues él, con el fin de que Ernest pudiera proseguir sus estudios en la universidad, seguirÃa viviendo en la ciudad.