Frankenstein
Frankenstein Fueron esos los últimos momentos de mi vida durante los cuales me sentí feliz. Navegábamos deprisa; el sol calentaba con fuerza, pero nos protegía un pequeño toldo. Admiramos la belleza del paisaje, costeando las orillas del lago; un lado nos ofrecía el monte Saléve, las orillas de Montalégre, el maravilloso Mont Blanc, dominando a distancia el conjunto y las montañas coronadas de nieve, que en vano intentaba competir con él. Al otro lado quedaba el majestuoso jura, con su sombría ladera, que parecía interponerse a la inquietud del que quisiera abandonar el país y a la intrepidez del invasor que pretendiera esclavizarlo.
—Estás triste, mi amor. ¡Ay!, si supieras lo que he sufrido y cuánto me queda aún por pasar, harías que disfrutara de la paz y el sosiego que este día, al menos, me depara.