Frankenstein

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—Alégrate, mi querido Víctor —respondió ella—; confío en que no tengas motivos para entristecerte; y te aseguro que, aunque mi rostro no exprese mi dicha, mi corazón rebosa de felicidad. Hay algo que me previene en contra de poner demasiadas esperanzas en el futuro que hoy se abre ante nosotros; pero no escucharé tan lóbrega voz. Mira la rapidez con que nos movemos y cómo las nubes, que bien nos ensombrecen, bien rebasan la cima del Mont Blanc, hacen aún más interesantes este hermosísimo paisaje. Observa también los numerosos peces que nadan en este agua, tan clara, que nos permite ver cada guijarro del fondo. ¡Qué día tan precioso!; ¡qué tranquila y serena se muestra la naturaleza!

Elizabeth trataba así de alejar nuestros pensamientos de temas dolorosos. Pero su humor fluctuaba; había instantes en que los ojos le brillaban con alegría, pero ésta en seguida dejaba paso al ensimismamiento y la abstracción.

El sol comenzaba a declinar. Cruzamos el río Drance y vimos cómo continuaba su curso por entre los barrancos y vallecillos de las colinas. Aquí los Alpes se acercan bastante al lago, y poco a poco nos fuimos aproximando al anfiteatro de montañas que lo cercan por el lado este. El campanario de Evian brillaba recortado sobre el oscuro fondo de bosques que rodean la ciudad, custodiada por la cordillera de altas cumbres.


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