Frankenstein
Frankenstein Al anochecer, el viento, que hasta entonces nos había empujado con asombrosa rapidez, se tornó en una suave brisa que apenas ondulaba las aguas y movía los árboles suavemente. Nos acercábamos a la orilla desde la que nos llegaba el más delicioso aroma de flores y heno. El sol se puso en el momento en que desembarcamos; y al poner pie en tierra, sentí revivir en mí la ansiedad y el temor, que tan pronto se iban a aferrar a mí para siempre.