Frankenstein

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Capítulo 6

Eran las ocho cuando desembarcamos. Paseamos unos momentos por la orilla disfrutando del crepúsculo y luego nos dirigimos a la posada, desde donde contemplamos la hermosa vista del lago, bosques y montañas, que, envueltas en la oscuridad, aún mostraban sus negros perfiles.

El viento, que casi había cesado por el sur, se levantó ahora con gran violencia desde el oeste. La luna, alcanzado su cenit, empezaba a descender; ante ella, las nubes corrían, más veloces que el vuelo de los buitres, y nublaban sus rayos; en las aguas del lago se reflejaba el atareado firmamento, de manera aún más bulliciosa, pues las olas empezaban a crisparse. De pronto cayó una fuerte tormenta de agua.

Yo había permanecido tranquilo a lo largo de todo el día, pero, en cuanto la noche difuminó la forma de las cosas, me asaltaron mil temores. Alerta y lleno de ansiedad, empuñaba con la mano derecha una pistola que llevaba escondida en el pecho; el más leve ruido me aterrorizaba; pero decidí que iba a vender cara mi vida y que no abandonaría la lucha que se avecinaba hasta que o mi adversario o yo cayéramos.

Elizabeth observó mi agitación en silencio durante algún tiempo. Por fin dijo:

—¿Qué te intranquiliza, mi querido Víctor? ¿Qué es lo que tanto temes?


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