Frankenstein
Frankenstein Mientras con agonizante desesperación me inclinaba sobre ella, levanté la vista. Me invadió una especie de pánico al ver que la pálida luz de la luna iluminaba la habitación, pues las contraventanas que se habían cerrado anteriormente ahora estaban abiertas. Con inexpresable horror vi asomarse a una de las ventanas el aborrecido y repugnante rostro del monstruo. Esbozó una mueca burlona mientras señalaba con su inmundo dedo el cadáver de mi esposa. Me abalancé hacia la ventana y, extrayendo del pecho una pistola, disparé; pero esquivó la bala, y, huyendo del lugar a la velocidad del rayo, se zambulló en las aguas del lago.
El ruido del disparo atrajo a la gente hacia la habitación. Indiqué el lugar por donde había desaparecido, y lo seguimos con barcas; echamos incluso redes, pero todo en vano. Regresamos desesperanzados después de varias horas, la mayoría de mis compañeros convencidos de que el fugitivo era fruto de mi imaginación. Tras desembarcar, se dispusieron a registrar los alrededores, organizando distintas patrullas, que se esparcieron por los bosques y viñedos.
No fui con ellos; me encontraba exhausto. Un velo me nublaba la vista, y la piel me ardía con el calor de la fiebre. En este estado, apenas consciente de lo que había ocurrido, me tendieron en una cama, desde donde recorría el cuarto con la mirada en busca de algo que había perdido.