Frankenstein
Frankenstein ¡Dios mío!, ¿cómo no morí entonces? ¿Por qué me hallo aquí narrando la destrucción de mi mayor esperanza, y la muerte de la más pura criatura? Estaba tendida en el lecho, inánime, la cabeza ladeada, las facciones pálidas y convulsas, semiocultas por el cabello. Doquiera que vaya veo la misma imagen: los brazos exangües y el cuerpo lacio, tirado sobre el tálamo nupcial por su asesino. ¿Cómo pude ver esto y seguir viviendo? ¡Cuán tenaz es la vida, y cómo se aferra a quienes más la desprecian! En un instante perdí el conocimiento, y caí al suelo.
Cuando volví en mí, me encontré rodeado de la gente de la posada; sus rostros demostraban un terror inenarrable; pero su espanto no era más que una parodia, una sombra de los sentimientos que me oprimían a mí. Escapé hacia la habitación donde yacía el cuerpo de Elizabeth, mi amor, mi esposa tan querida y venerada, viva aún pocos momentos antes. No estaba ya en la posición en la que la había encontrado; tenía ahora la cabeza recostada en un brazo, y el rostro y cuello ocultos por un pañuelo, y se la podía creer dormida. Corrí hacia ella y la abracé con ardor, pero la mortal quietud y la frialdad de sus miembros delataban que lo que estrechaba entre mis brazos ya no era la Elizabeth a quien tanto había adorado. En su garganta se veían las horrendas señales del diabólico ser, y ni el menor aliento salía de sus labios.