Frankenstein
Frankenstein —Este es el ser al que acuso, y en cuya detención y castigo le ruego ejerza su máxima autoridad. Es su deber como magistrado, y creo y espero que sus sentimientos como hombre no rehusarán cumplir con él en esta ocasión.
Estas últimas palabras provocaron un sensible cambio en la expresión del magistrado. HabÃa escuchado mi relato con ese tipo de credulidad que producen las narraciones de fantasmas y sucesos sobrenaturales; pero cuando le requerà que actuara de forma oficial, volvió a desconfiar. Sin embargo, me respondió templadamente:
—Con gusto le ayudarÃa en lo que me fuera posible; pero el ser de quien usted me habla parece estar dotado de unos poderes que harÃan inútiles todos mis esfuerzos. ¿Quién puede perseguir a un animal capaz de atravesar el mar de hielo, habitar en grutas y cavernas, donde ser humano jamás osarÃa entrar? Además, han pasado algunos meses desde que cometió sus crÃmenes y es imposible saber a dónde huyó o en qué lugar se halla actualmente ahora.
—No dudo de que ronda el lugar en el que yo me encuentro. Y caso de haberse refugiado en los Alpes, se le puede dar caza como si fuera una gamuza y destruirlo como a una bestia feroz.
Pero leo su pensamiento; no cree mi relato, y no tiene la intención de perseguir a mi enemigo y aplicarle el castigo que merece.