Frankenstein

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Al hablar, tenía los ojos encendidos de cólera, y el magistrado se asustó.

—Está usted equivocado —dijo—. Haré todo lo que esté en mi mano y, si logro capturar al monstruo, sepa que será castigado de acuerdo con sus crímenes. Pero temo, por lo que usted mismo ha descrito sobre su resistencia, que esto resulte imposible, y que a la par que se toman las medidas necesarias, usted se debería resignar al fracaso.

—Eso no es posible; pero nada de lo que diga puede servirme de mucho. Mi venganza no es de su incumbencia; y sin embargo, aunque reconozca en ello un vicio, le confieso que es la única y devoradora pasión de mi espíritu. Mi ira no tiene límites, cuando pienso que el asesino, que lancé entre la sociedad, sigue con vida. Me niega usted mi justa petición: me queda un único camino, y desde ahora me dedicaré, vivo o muerto, a conseguir su destrucción.

Temblaba al decir esto; mi actitud debía rezumar aquel mismo frenesí y altivo fanatismo que se dice tenían los antiguos mártires. Pero para un magistrado ginebrino, cuyos pensamientos están muy lejos de los ideales y heroísmos, esta grandeza de espíritu debía asemejarse mucho a la locura. Intentó apaciguarme como haría una niñera con una criatura, y achacó mi relato a los efectos del delirio.


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