Frankenstein
Frankenstein Al abandonar Ginebra, mi primer quehacer fue encontrar algún indicio que me permitiera seguir los pasos de mi infame enemigo. Pero estaba desorientado, y anduve por la ciudad durante muchas horas dudando sobre qué dirección tomar. Cuando empezaba a anochecer, me encontré en el cementerio donde reposaban William, Elizabeth y mi padre. Entré, y me acerqué a sus tumbas. Reinaba el silencio, turbado tan sólo por el murmullo de las hojas que el viento agitaba suavemente; era ya casi de noche, y la escena hubiera resultado solemne y conmovedora incluso para un observador ajeno a ella. Los espíritus de mis difuntos parecían rodearme, proyectando una sombra invisible pero palpable en torno a mi cabeza.
La honda tristeza que en un principio esta escena me había provocado pronto dio paso a la ira y a la desesperación. Ellos estaban muertos, y sin embargo yo vivía; también vivía su asesino, y para aniquilarlo debía yo continuar mi tediosa existencia. Arrodillado en la hierba, besé la tierra y, con labios temblorosos, grité: