Frankenstein
Frankenstein —Le agradezco, Walton —dijo—, las buenas intenciones que demuestra hacia alguien tan miserable como yo; pero, cuando habla usted de nuevos lazos, de nuevos afectos, ¿piensa que hay alguno que pudiera sustituir jamás a aquellos queja he perdido? ¿Puede otro hombre significar para mà lo mismo que Clerval?; ¿qué mujer podrÃa ser otra Elizabeth? Incluso cuando nuestro amor no viene reforzado por cualidades superiores, los compañeros de niñez siempre ejercen sobre nosotros una influencia que amigos posteriores raras veces suelen tener. Conocen nuestras primeras inclinaciones, que, por mucho que después se modifiquen, jamás se llegan a borrar; y en cuanto a la honestidad de nuestros actos, son los que mejor pueden juzgar nuestros motivos. Un hermano no podrá jamás sospechar que el otro lo engaña o traiciona, salvo que esta inclinación se haya manifestado desde edad muy temprana, mientras que a un amigo, pese a que su afecto sea inmenso, le puede invadir, incluso a pesar suyo, la desconfianza. Pero he tenido amigos a los que he querido no sólo por costumbre o contacto, sino por sus cualidades personales; y donde quiera que me encuentre, la apacible voz de Elizabeth y la conversación de Clerval siempre susurrarán en mis oÃdos. Ellos han muerto; y en mi soledad sólo hay un objetivo que pueda inducirme a conservar la vida. Si me encontrara realizando una importante empresa que revistiera utilidad para mis semejantes, podrÃa seguir viviendo para concluirla. Pero no es éste mi sino; debo perseguir y destruir al ser que creé; y entonces, sólo entonces habré cumplido mi cometido en la tierra y podré morir.