Frankenstein
Frankenstein —Me abandonan las fueras en las que confiaba. Presiento que pronto habré de morir, y él, mi enemigo y verdugo, está aún con vida. No piense, Walton, que en mis últimos instantes mi alma reuma todavía el punzante odio y la sed de venganza que días pasados le manifesté, pero creo que estoy justificado al desear la muerte de mi adversario. Durante estos días he meditado sobre mis acciones pasadas y no hallo en ellas nada reprensible; en un ataque de loco entusiasmo creé una criatura racional, y tenía para con él el deber de asegurarle toda la felicidad y bienestar que me fuera posible darle. Esta era mi obligación, pero había otra superior. Mis obligaciones para con mis semejantes debían tener prioridad, puesto que suponían una mayor proporción de felicidad o desgracia. Impulsado por esta creencia, me negué, e hice bien, a crearle una compañera al primer ser. Dio pruebas entonces de una maldad y un egoísmo sin precedentes: asesinó a mis seres más queridos; se consagró a la destrucción de personas llenas de delicadeza, sabiduría y bondad; e ignoro dónde terminará esta sed de venganza. Desgraciado como es, debe morir a fin de que no pueda hacer desgraciados a los demás. La tarea de su destrucción me había sido encomendada a mí, pero he fracasado. Empujado por motivos egoístas e insanos, le pedí a usted que completara mi labor; ahora, empujado únicamente por la razón y la virtud, se lo reitero.