Frankenstein
Frankenstein »Sin embargo no puedo pedirle que renuncie a su país y a sus amigos para llevar a cabo esta labor; y ahora, que regresa a Inglaterra, tendrá pocas ocasiones de encontrarse con él. Pero dejo en sus manos el reflexionar sobre estos puntos, y el determinar lo que usted considere que es su deber. La proximidad de la muerte turba mis pensamientos y mi razón, y no me atrevo a pedirle que haga lo que yo considero justo, pues puedo estar cegado por la Pasión.
»Me inquieta el que siga con vida y sea un instrumento de maldad; y sin embargo, esta hora, en la que aguardo que cada instante me traiga la liberación, es la única en la que durante muchos años he sido feliz. Pasan ante mí los espíritus de aquellos a los que tanto quise, y corro hacia ellos. ¡Adiós, Walton! Busque la felicidad en la paz y, evite la ambición, aun aquella, inofensiva en apariencia, de distinguirse por sus descubrimientos científicos. ¿Mas por qué hablo así?; yo he visto truncadas mis esperanzas, pero otro puede triunfar.
La voz se le iba apagando a medida que hablaba; y finalmente, vencido por el esfuerzo, se acalló del todo. Media hora más tarde intentó volver a hablar pero no pudo; oprimió mi mano débilmente, y sus ojos se cerraron para siempre, mientras sus labios esbozaron una débil sonrisa.