Frankenstein
Frankenstein De nuevo se volvió a hablar sobre mi viaje a Ingolstadt, que se había visto aplazado por los acontecimientos. Obtuve de mi padre algunas semanas de reposo, período que transcurrió tristemente. La muerte de mi madre y mi cercana marcha nos deprimía, pero Elizabeth intentaba reavivar la alegría en nuestro pequeño círculo. Desde la muerte de su tía había adquirido una nueva firmeza y vigor. Se propuso llevar a cabo sus obligaciones con la mayor exactitud, y entendió que su principal misión consistía en hacer felices a su tío y primos. A mí me consolaba, a su tío lo distraía, a mis hermanos los educaba. Nunca la vi tan encantadora como en estos momentos, cuando se desvivía por lograr la felicidad de los demás, olvidándose por completo de sí misma.
Llegó por fin el día de mi marcha. Me había despedido de todos mis amigos menos Clerval, que pasó la última velada con nosotros. Lamentaba profundamente no acompañarme, pero su padre se resistió a dejarlo partir. Tenía la intención de que su hijo lo ayudara en el negocio, y seguía su teoría favorita de que los estudios resultaban superfluos en la vida diaria. Henry tenía una mente educada; no era su intención permanecer ocioso ni le disgustaba ser el socio de su padre, sin embargo creía que se podría ser muy buen negociante y no obstante ser una persona culta.