Frankenstein

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Estuvimos hasta muy tarde escuchando sus lamentaciones y haciendo múltiples pequeños planes para el futuro. Las lágrimas asomaban a los ojos de Elizabeth, lágrimas ante mi partida y ante el pensamiento de que mi marcha debía haberse producido meses antes y acompañada de la bendición de mi madre.

Me dejé caer en la calesa que debía transportarme, y me embargaron los pensamientos más tristes. Yo, que siempre había vivido rodeado de afectuosos compañeros, prestos todos a proporcionarnos mutuas alegrías, me encontraba ahora solo. En la universidad hacia la que me dirigía debería buscarme mis propios amigos y valerme por mí mismo. Hasta aquel momento mi vida había sido extraordinariamente hogareña y resguardada, y esto me había creado una invencible repugnancia hacia los rostros desconocidos. Adoraba a mis hermanos, a Elizabeth y a Clerval; sus caras eran «viejas conocidas»[39]; pero me consideraba totalmente incapaz de tratar con extraños. Estos eran mis pensamientos al comenzar el viaje, pero a medida que avanzaba se me fue levantando el ánimo. Deseaba ardientemente adquirir nuevos conocimientos. En casa, a menudo había reflexionado sobre lo penoso de permanecer toda la juventud encerrado en el mismo lugar, y ansiaba descubrir el mundo y ocupar mi puesto entre los demás seres humanos. Ahora se cumplían mis deseos, y no hubiera sido consecuente arrepentirme.


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