Frankenstein
Frankenstein Durante el viaje, que fue largo y fatigoso, tuve tiempo suficiente para pensar en estas y otras muchas cosas. Por fin apareció el alto campanario blanco de la ciudad. Bajé y me condujeron a mi solitaria habitación. Disponía del resto de la tarde para hacer lo que quisiera.
A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y visité a los principales profesores, entre otros al señor Krempe, profesor de filosofía natural. Me recibió con mucha educación y me hizo diversas preguntas sobre mi conocimiento de las distintas ramas científicas, relacionadas con la filosofía natural. Temblando y con cierto miedo, a decir verdad, cité los únicos autores cuyas obras yo había leído al respecto. El profesor me miró fijamente:
—¿De verdad que ha pasado usted el tiempo estudiando semejantes tonterías? —me preguntó.
Al responder afirmativamente, el señor Krempe continuó con énfasis: