Carmilla
Carmilla El primer acontecimiento de mi existencia, que produjo en mi mente una impresión terrible que, de hecho, jamás se ha borrado, fue uno de los primerÃsimos incidentes de mi vida que puedo recordar. Habrá gente que lo considere tan trivial que no merece la pena consignarlo aquÃ. Ya verán ustedes, sin embargo, en su momento, por qué lo menciono. El cuarto de los niños, como lo llamaban, aunque lo tenÃa entero para mà sola, era una amplia habitación en el piso superior del castillo, con un alto techo de roble. No debÃa tener más de seis años cuando, cierta noche, me desperté, y, mirando la habitación a mi alrededor desde la cama, no vi a la doncella encargada de aquel cuarto. Tampoco estaba allà mi niñera; y me creà sola. No me asusté, porque era una de esas felices criaturas a las que deliberadamente se mantiene en la ignorancia de las historias de fantasmas, y los cuentos fantásticos, y todos esos conocimientos que hacen que nos tapemos la cabeza cuando la puerta cruje súbitamente o el aleteo de una vela a punto de extinguirse hace bailar sobre la pared, cerca de nosotros, la sombra de uno de los pilares de la cama. Me sentà molesta y ofendida al encontrarme, según entendÃ, desatendida, y me puse a gemir, como preparación de un robusto estallido de bramidos; entonces, ante mi sorpresa, vi un rostro solemne, pero hermoso, mirándome al lado de la cama. Era el rostro de una joven dama arrodillada que tenÃa las manos bajo la colcha. La miré con una especie de asombro complacido y dejé de gemir. Me acarició con sus manos, y se tendió a mi lado en la cama, y me atrajo hacia sÃ, sonriendo; me sentà de inmediato deliciosamente confortada, y volvà a quedarme dormida. Me desperté con una sensación como de si dos agujas se me hundieran profundamente en el pecho simultáneamente, y grité muy fuerte. La dama retrocedió, con sus ojos fijos en mÃ, y luego se deslizó al suelo, y, según creÃ, se escondió debajo de la cama.