Carmilla
Carmilla Estaba ahora asustada por primera vez, y aullé con todas mis fuerzas. La niñera, la doncella, el ama de llaves, todas acudieron corriendo, y, al oír mi historia, se la tomaron a la ligera, confortándome entretanto como podían. Pero, aun siendo niña, pude darme cuenta de que sus rostros habían palidecido con una insólita expresión de ansiedad, y vi que miraban debajo de las mesas y que abrían los armarios; y el ama de llaves susurró a la niñera: «Ponga la mano en ese hoyo de la cama; sí; se ha tendido alguien aquí, con tanta seguridad como que no ha sido usted; el sitio está todavía caliente».
Recuerdo que la doncella me acarició, y que las tres me examinaron el pecho, donde les dije que había sentido el pinchazo, y manifestaron que no había ninguna señal visible de que tal cosa me hubiera sucedido.
El ama de llaves y las otras dos sirvientas que tenían a su cargo el cuarto de los niños se quedaron de vela toda la noche; y, desde aquel tiempo, alguna sirvienta veló invariablemente en el cuarto de los niños hasta que tuve como catorce años.