Carmilla

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Estuve muy nerviosa durante largo tiempo después de aquello. Llamaron a un médico, que era pálido y muy mayor. ¡Qué bien recuerdo su largo rostro saturnino, ligeramente punteado de viruela, y su peluca castaña! Durante una buena temporada, en días alternados, venía a administrarme mi medicina, que, naturalmente, yo odiaba.

La mañana después de haber visto esa aparición me encontraba en un estado de terror; no pude soportar que me dejaran sola, pese a ser de día, ni un solo momento.

Recuerdo que mi padre subió y, de pies junto a la cama, me habló alegremente, haciéndome un buen número de preguntas y riéndose de todo corazón ante una de las respuestas; me dio golpecitos en el hombro, me besó, y me dijo que no me asustara, que no era más que un sueño y que no podía hacerme daño.

Pero no me sentí tranquilizada, porque yo sabía que la visita de la extraña mujer no había sido un sueño; y estaba terriblemente asustada.

Me consoló un poco el que la doncella del cuarto de los niños me asegurara haber sido ella la que había venido a verme, y que se había tendido a mi lado en la cama, y que yo debía estar medio soñando para no haber reconocido su rostro. Pero esto, aunque afirmado por la doncella, no me satisfizo totalmente.


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