Carmilla
Carmilla Recuerdo que, en el curso de aquel día, un venerable anciano, con sotana negra, vino a mi habitación con la niñera y el ama de llaves, y que habló un poco con ellas, y conmigo muy amablemente; tenía una cara muy dulce y afable, y me contó que iban a rezar, y me unió las manos y quiso que yo dijera, mientras ellos rezaban: «Señor, escucha todas las buenas plegarias por nosotros, en el nombre de Jesús». Creo que eran ésas las palabras precisas, ya que a menudo las repetí para mí, y mi niñera, durante años, me las hizo decir en mis rezos.
Recuerdo perfectamente el dulce rostro pensativo de aquel anciano de cabello blanco, con su sotana negra, de pie en aquella tosca habitación marrón, de techo alto, rodeado por el basto mobiliario de la moda de trescientos años atrás, y la escasa luz que entraba en aquella atmósfera sombría a través de la pequeña celosía. Se arrodilló, y las tres mujeres con él, y rezó en voz alta, con una voz vehemente y temblorosa, durante lo que me pareció un largo rato. He olvidado toda mi vida anterior a aquel acontecimiento, y algún tiempo posterior me resulta también oscuro; pero las escenas que acabo de describir permanecen vívidas como las imágenes aisladas de la fantasmagoría rodeada de tinieblas.