Carmilla
Carmilla La invitada
Voy a contarles ahora algo tan extraño que será precisa toda su fe en mi veracidad para que crean mi historia. Sin embargo, no tan sólo es cierta, sino que es una verdad de la que yo he sido testigo ocular.
Era un hermoso atardecer de verano, y mi padre me invitó, como hacÃa a veces, a un pequeño paseo con él por aquel hermoso mirador del bosque que, como he dicho, habÃa frente al schloss.
—El general Spielsdorf no puede venir a visitarnos tan pronto como yo esperaba —dijo mi padre, mientras paseábamos.
El general iba a hacernos una visita de algunas semanas, y esperábamos su llegada el dÃa siguiente. Iba a traer consigo a una joven dama, sobrina y pupila suya, Mademoiselle Rheinfeldt, a la que yo jamás habÃa visto, pero a la que habÃa oÃdo describir como una muchacha realmente encantadora, y con cuyo trato me prometÃa yo muchos dÃas felices. Me sentà más decepcionada de lo que una joven dama que viva en una ciudad o en un vecindario animado puede siquiera imaginar. Esa visita, y la nueva amistad que prometÃa, me habÃan hecho soñar despierta durante varias semanas.
—¿Y cuándo vendrá? —pregunté.