Carmilla
Carmilla —No podrá hasta el otoño. No antes de dos meses, dirÃa yo —respondió él—. Y ahora estoy realmente encantado, querida, de que no hayas conocido a Mademoiselle Rheinfeldt.
—¿Y eso por qué? —pregunté, a un tiempo mortificada y curiosa.
—Porque la pobre damita ha muerto —me repuso—. Me habÃa olvidado por completo de que no te lo habÃa dicho, pero no estabas en la sala cuando recibà la carta del general, esta tarde.
Aquello me afectó mucho. El general Spielsdorf habÃa mencionado, en su primera carta, cinco o seis semanas antes, que la muchacha no se encontraba todo lo bien que él desearÃa; pero nada sugerÃa ni la más remota sospecha de un peligro.
—Aquà está la carta del general —me dijo mi padre, tendiéndomela—. Me temo que está muy apenado; la carta me parece haber sido escrita en un estado muy parecido al desvarÃo.