Carmilla
Carmilla Nos sentamos en un tosco banco, a la sombra de unos magníficos tilos. El sol se ponía, con todo su melancólico esplendor, tras el selvático horizonte, y el riachuelo que fluye junto a nuestra casa y pasa bajo el empinado puente viejo que he mencionado serpenteaba a través de muchos grupos de nobles árboles, reflejando en su corriente, casi a nuestros pies, el escarlata desvaneciente del cielo. La carta del general Spielsdorf era tan extraordinaria, tan vehemente, y, en algunos puntos, tan contradictoria consigo misma, que la leí dos veces (la segunda de ellas en voz alta a mi padre) y seguí viéndome incapaz de comprenderla, como no fuera suponiendo que el dolor le había trastornado la mente. Decía: