Carmilla
Carmilla «He perdido a mi amada hija, porque como tal la quería. Durante los últimos días de la enfermedad de mi querida Bertha no pude escribirle. Antes no tenía yo idea de su peligro. La he perdido, y ahora lo sé todo, pero demasiado tarde. Murió en la paz de la inocencia, y con la gloriosa esperanza de una eternidad de bendición. El diablo que traicionó nuestra ciega hospitalidad lo ha hecho todo. Pensé que recibía en mi casa a la inocencia, la alegría, a una compañera encantadora para mi perdida Bertha. ¡Cielo santo! ¡Qué loco he sido! Doy gracias a Dios de que mi niña muriera sin la menor sospecha de la causa de sus sufrimientos. Se ha ido sin ni siquiera conjeturar la naturaleza de su mal y la maldita pasión del agente de toda esta desgracia. Dedicaré lo que me quede de vida a perseguir y aniquilar a un monstruo. Me dicen que puedo esperar el cumplir mi legítimo y piadoso propósito. En este momento, apenas tengo un leve destello de luz para guiarme. Maldigo mi arrogante incredulidad, mi despreciable actitud de superioridad, mi ceguera, mi obstinación… Todo… demasiado tarde. Ahora no puedo escribir o hablar concentradamente. Desvarío. En cuanto esté un poco recobrado, pienso dedicarme durante un tiempo a investigar, y eso posiblemente me lleve a Viena. En algún momento, en otoño, dentro de dos meses, o antes si vivo, le veré… Es decir, si usted me lo permite. Entonces le contaré todo lo que apenas me atrevo ahora a poner por escrito. Adiós. Rece por mí, querido amigo».