Carmilla
Carmilla De este modo terminaba aquella extraña carta. Aunque yo jamás había visto a Bertha Rheinfeldt, los ojos se me llenaron de lágrimas ante la súbita noticia; me sentí muy afectada, y también profundamente desilusionada.
El sol se había puesto ahora, y era el crepúsculo en el momento en que le devolví a mi padre la carta del general.
Era un anochecer dulce y claro, y nos demoramos, especulando sobre los posibles significados de las frases violentas e incoherentes que yo acababa de leer. Teníamos que caminar casi una milla para llegar al camino que pasa por delante del schloss, y, por entonces, la luna brillaba espléndidamente. En el puente levadizo nos encontramos a Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine, que habían salido, con la cabeza descubierta, a disfrutar de la exquisita luz lunar.
Oímos sus voces parloteando en animado diálogo mientras nos acercábamos. Nos unimos a ellas en el puente levadizo, y nos volvimos para admirar con ellas el hermoso panorama.