Carmilla

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El claro por el que acabábamos de pasar se abría delante de nosotros. A nuestra izquierda, el estrecho camino serpeaba debajo de grupos de árboles soberbios, y se perdía de vista dentro del bosque allí donde se espesaba. A la derecha, el mismo camino cruza el empinado y pintoresco puente, cerca del cual se yergue una torre en ruinas que, en otro tiempo, guardó aquel paso; y, al otro lado del puente, se alza una abrupta eminencia cubierta de árboles entre cuyas sombras asoman algunas rocas cubiertas de apiñada hiedra gris.

Sobre el césped y la tierra baja, una delgada película de bruma se deslizaba como humo, marcando las distancias con un velo transparente; y, aquí y allí, podíamos ver el río relumbrar débilmente a la luz de la luna.

No es posible imaginarse una escena más suave y dulce. Las noticias que acababa de recibir la hacían melancólica; pero nada podía turbar su carácter de profunda serenidad y la hechizada gloria y vaguedad del panorama.

Mi padre, que apreciaba lo pintoresco, y yo, mirábamos en silencio la extensión frente a nosotros. Las dos buenas institutrices, un poco detrás de nosotros, charlaban sobre la escena, y eran elocuentes respecto a la luna.


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