Carmilla
Carmilla Madame Perrodon era gorda, de mediana edad, y romántica, y hablaba y suspiraba poéticamente. Mademoiselle De Lafontaine, como digna hija de su padre, que era un alemán supuestamente psicólogo, metafísico y un tanto místico, declaró al poco que, cuando la luna brillaba con una luz tan intensa, ello indicaba una especial actividad espiritual. El efecto de la luna llena sobre aquella situación de resplandor era múltiple. Actuaba sobre los sueños, actuaba sobre la locura intermitente, actuaba sobre la gente nerviosa; tenía maravillosas influencias físicas relacionadas con la vida. Mademoiselle narró que su primo, que era piloto de un buque mercante, tras descabezar un sueñecito en cubierta, tendido boca arriba, dándole de lleno en la cara la luz de la luna en una noche como aquélla, se había despertado, después de soñar con una vieja que le arañaba la mejilla, con las facciones horriblemente distorsionadas hacia un lado; y su fisonomía no había jamás recobrado enteramente su equilibrio.
—La luna, esta noche —dijo—, está llena de influencias astrales y magnéticas… Y vean, si miran hacia atrás, hacia la fachada del schloss, cómo todas sus ventanas brillan y titilan con el esplendor plateado, como si manos invisibles hubieran iluminado las habitaciones para recibir a invitados fantásticos.