Carmilla
Carmilla Existen estados de espÃritu indolentes en los que, poco inclinados nosotros mismos a hablar, la charla de otros resulta agradable para nuestros oÃdos desatentos; y yo miraba, complacida por el retiñir de la conversación de aquellas damas.
—Esta noche he entrado en uno de mis humores de adormilamiento —dijo mi padre, tras un silencio; y, citando a Shakespeare, al que, en aras a la conservación de nuestro inglés, solÃa leer en voz alta, dijo—: «En verdad no sé por qué estoy tan triste. Esto me cansa; tú dices que te cansa; mas el cómo me ha dado… ha venido, tan sólo…». He olvidado el resto. Pero siento como si alguna gran desventura pendiera sobre nosotros. Supongo que la afligida carta del pobre general tiene algo que ver con esto.
En aquel momento llamó nuestra atención el inusual sonido de las ruedas de un carruaje y muchos cascos de caballo.
ParecÃa acercarse por la elevación de terreno que domina el puente, y pronto el cortejo emergió de aquel punto. Primero cruzaron el puente dos jinetes; luego vino un carruaje tirado por cuatro caballos, y, detrás, cabalgaban dos hombres.