Carmilla
Carmilla ParecÃa tratarse del tren de viaje de alguna persona de rango; y quedamos todos absortos, inmediatamente, contemplando aquel espectáculo infrecuente. Se hizo, en unos pocos momentos, muchÃsimo más interesante, ya que, justo cuando el carruaje habÃa llegado al punto más alto del empinado puente, uno de los caballos que iban delante, cobrando miedo, comunicó su pánico a los demás, y, tras una o dos embestidas, todo el tiro rompió en un salvaje galope, y, abalanzándose por entre los jinetes que iban delante, se lanzaron con un ruido atronador por el camino, en dirección nuestra, a la velocidad del huracán.
La excitación de aquella escena era todavÃa más penosa por los nÃtidos y largos chillidos de una voz femenina a través de la ventana del carruaje. Avanzamos todos, llenos de curiosidad y horror; mi padre en silencio, nosotras con distintas exclamaciones de terror.
Nuestra ansiedad no duró mucho. Justo antes de alcanzar el puente levadizo del castillo, en el camino por el que venÃan, se alza, junto a la calzada, un magnÃfico tilo; al otro lado se yergue una vieja cruz de piedra, a cuya vista los caballos, que iban ahora a un paso realmente aterrador, se desviaron de tal modo que llevaron la rueda hacia las raÃces salientes del árbol.