Carmilla
Carmilla Yo sabía lo que iba a ocurrir. Me tapé los ojos, sin poder mirar, y aparté la cara; en el mismo instante oí un grito de mis dos amigas, que habían avanzado un poco más.
La curiosidad me hizo abrir los ojos, y vi una escena de total confusión. Dos de los caballos estaban en el suelo, el carruaje se apoyaba sobre un costado, con dos ruedas girando en el aire; los hombres estaban ocupados desenganchando a los caballos, y una dama, de aire y figura dominadores, había salido del carruaje, y permanecía inmóvil, con las manos enlazadas, llevándose de vez en cuando a los ojos el pañuelo que sostenía en ellas. Por la puerta del carruaje, ahora abierta, izaban a una joven dama que parecía sin vida. Mi viejo y querido padre se encontraba ya al lado de la dama de más edad, sombrero en mano, indudablemente ofreciéndole su ayuda y el amparo del schloss. La dama parecía no oírle ni tener ojos más que para la delgada muchacha que estaba siendo tendida sobre la pendiente de la ribera.