Carmilla

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Me acerqué; la joven dama estaba, aparentemente, conmocionada, pero, indudablemente, no muerta. Mi padre, que se jactaba un poco de tener algo de médico, le había puesto los dedos en la muñeca y aseguraba a la dama que declaraba ser su madre que su pulso, aunque débil e irregular, era todavía, indudablemente, percibible. La dama juntó las manos y miró hacia arriba, como en un momentáneo transporte de gratitud; pero al instante recayó en esa actitud teatral que, según pienso, es la natural en algunas personas.

Era lo que se llama una mujer de buena presencia para sus años, y debía haber sido hermosa; era alta, pero no delgada, iba vestida de terciopelo negro, y se veía un tanto pálida, pero con un rostro de expresión imperiosa, aunque ahora extrañamente agitado.

—¿Hubo jamás un ser nacido de este modo para la desgracia? —Le oí decir, con las manos juntas, mientras me acercaba—. Aquí estoy, en un viaje de vida o muerte, en cuyo curso la pérdida de una hora puede significar la pérdida de todo. Mi hija no se habrá recobrado lo suficiente para proseguir viaje en quién sabe cuánto tiempo. Debo dejarla; no puedo demorarme, no me atrevo. ¿A qué distancia, caballero, si puede decírmelo, se encuentra el pueblo más cercano? Debo dejarla allí; y no veré a mi niña, ni siquiera sabré de ella, hasta mi regreso, dentro de tres meses.


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