Carmilla
Carmilla Me asà a la chaqueta de mi padre, y le susurré vehemente al oÃdo:
—¡Oh, papá! Dile que la deje con nosotros… SerÃa delicioso. Hazlo, por favor.
—Si Madame acepta confiar a su hija al cuidado de mi hija y de su buena gouvernante, Madame Perrodon, y le permite quedarse como huésped nuestra, bajo mi responsabilidad, hasta su regreso, nos estarÃa otorgando con ello una distinción y una obligación, y la tratarÃamos con todo el cuidado y la devoción que merece tan sagrada confianza.
—Yo no puedo hacer esto, caballero; serÃa abusar demasiado cruelmente de su amabilidad y caballerosidad —dijo la dama, aturulladamente.